Este pueblo minero situado en los Andes peruanos debe sus denigrantes niveles de contaminación a la presencia de minas y plantas de procesamiento de plomo que son propiedad de empresarios estadounidenses desde 1922. En La oroya, en 99% de los niños que habitan aquí, poseen niveles de toxicidad que exceden los límites calificados como saludables.
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