quimica

viernes, 28 de diciembre de 2012

Los niños de plomo 2


Existe un pueblo en el Perú donde las casas, las calles, el hospital, el colegio y unas
pocas áreas verdes están cubiertos por un polvo gris. Entre las partículas de esa nube
negra que parece arena, hay plomo. El plomo que sale de las chimeneas de una fundición
de metales que ha traído trabajo, “progreso” y docenas de historias de niños que no
engordan ni crecen y que tragan esa tierra tóxica cada vez que se meten los dedos en la
boca.


TESTIMONIOS:
 
Mishell Barzola tiene seis años y hace tiempo dejó de crecer. Mide apenas un metro y pesa 14
kilos, sólo un poco más que su hermano Steven de dos años. Su madre, Paulina Ccanto,
sospecha que el plomo se le ha metido en el cuerpo.
En La Oroya, Perú, donde vive Mishell, los niños respiran y tragan constantemente el metal que
viaja en el aire y se deposita en el suelo. Cuando juegan al fútbol o a las canicas en las calles de
tierra, el viento arroja polvo tóxico en sus caras. Cuando se llevan los dedos a la boca, los
pequeños, literalmente, comen plomo.
“No la veo bien a la niña”, me dice Paulina sentada en la pequeña habitación que alquila en esta
ciudad andina de 33.000 almas, 180 kilómetros al sureste de Lima. Anoche llovió y las goteras se
han ensañado con la cama que comparten tres de los cuatro hijos de la mujer. Un débil rayo de sol se cuela por el mismo agujero del techo por el que se filtra el agua.
“Mishell no engorda ni crece. El doctor me dijo que puede ser por el exceso de plomo”, me
explica Paulina casi susurrando, como si de ese modo la amenaza se tornase menos real. Su hija Rosario, de doce años, habla con la soltura propia de los niños: “A veces nos llenamos de plomo y nos da una enfermedad. Nuestro estómago se llena de plomo. Con eso también podemos morir”.
Es febrero de 2005 y Paulina está a la espera de los resultados de un examen de sangre que
despejará todas las dudas sobre la salud de Mishell. En La Oroya, diversos estudios han
demostrado que prácticamente todos los niños están intoxicados con plomo en niveles tres
veces mayores, en promedio, que lo máximo permitido por la Organización Mundial de la Salud.
La razón está del otro lado de las aguas cobrizas del río Mantaro, en la enorme chimenea de
cemento que desde hace 83 años escupe sus humos en la cara de los oroyinos.
El complejo metalúrgico de La Oroya es, al mismo tiempo, el drama y la razón de ser de esta
ciudad. De él viven las familias de los 4.000 obreros que trabajan en sus hornos procesando
plomo, zinc, cobre, oro y plata. Miles de comerciantes y transportistas dependen de la fundición para su supervivencia. Y muchos otros han logrado que los nombres de sus hijos estén en la lista de asistencia social de la empresa estadounidense que desde 1997 maneja la planta, Doe Run Co., la productora de plomo más grande de América del Norte.
Por momentos, y aunque la realidad la contradice, Paulina se esfuerza en pensar que tal vez
Mishell sea la excepción entre los niños de La Oroya. Que los cuidados especiales de
alimentación e higiene que ella le brinda hayan hecho su parte. Yo también quiero creerlo.
Después de todo, pienso, Mishell tiene una energía envidiable.

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